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Crónica sobre ‘La Crónica Francesa’

Fecha: 27/10/2021
Autor:

Los buenos amaneceres son esos en los que no hacen falta muchos rayos de sol para salpicar del colchón a la cocina. Decidí despejar la vista creando melodías silbadas al ritmo al que se unta la margarina, arrítmicamente conjuntadas con un punta-tacón-punta, digno del claqué más patillero y bochornoso, pero con mucho amor. Todo ante la atenta mirada de unos curiosos felinos. Un gran público que el ser humano no valorará nunca lo suficiente. La nutrición apropiada puso en marcha un impulso motriz de vertiginosos resultados, reviviendo una emoción por participar en actividades culturales que no sentía desde hacía ya tiempo. Ese día no ocurría algo precisamente rutinario. Ese día obtuve los fondos necesarios -algo que, en mi caso, está cada vez más complicado de conseguir- para poder asistir a la proyección de ‘La Crónica Francesa del Liberty, Kansas Evening Sun’ (2021).

Disfruto de mis amistades de forma habitual, pero este día, el viento soplaba por la proa, a excepción de un único salvavidas, que consiguió sumarse a mi plan a la altura de la última sesión de la jornada. Reconfortado yo por no asistir en soledad, allí fuimos los dos, con la sala para nosotros y con todos los sentidos activos y predispuestos a degustar este pastel de manzana recién horneado, rubricado por el inusualmente preciso y laureado Wes Anderson.

Actualizadas nuestras papilas gustativas, la primera frase que pudo salir de mí, sin premeditación ni corrección, fue la siguiente: Creo que he sido feliz.

Del primer encuadre al último, mis expresiones no delinearon una curva emocional muy variada, porque la sonrisa fue la constante. Ya conocemos su pasión por la arquitectura y el glamour de lo añejo, la habitual paleta de colores -apastelados o complementarios en contraste-, la simetría extremada hasta las últimas consecuencias de su expresión, además de sus mundos, que se expresan entre escogidísimos manierismos y una curiosa picardía, pero, lo que yo no esperaba, era darme cuenta tan tarde de que, Wes Anderson y todo lo que respecta a su expresión audiovisual, es auténtica ilustración editorial. Y aquí se demuestra con una radiante pureza.

‘La Crónica Francesa’ narra su verbo con una elevada pasión por la palabra, ornamentando incluso aquellas expresiones más sencillas, dotándolas de un singular sentido del humor y de la expresión escrita que, aquí, viene a escenificar un arrojado entusiasmo por la columna y el reportaje. Luego, el cáliz visual del que trasiega esta ‘Crónica Francesa’, llamado ‘The New Yorker’ -es una suposición, pero apostaría un miembro de mi cuerpo a que así es- implementa una función comunicativa de relevo continua, en la que, cada imagen, angulada en paralelo y, casi siempre, planificada en un plano frontal, contrastando y armonizando grandes áreas de color plano y aislando cada elemento por sus propias características, sella un comunicado en una atípica estampa que metaforiza y completa lo verbal, con la virtuosa capacidad de hacer que, cada ingrediente de la viñeta, tenga su propia historia a través de un gesto simple. Luego, vendrá la siguiente ilustración, y así continuará para secuenciar esta exquisita selección de relatos periodísticos, acaudalados con una imaginación desbordante.

Entre viajes callejeros en bicicleta, revoluciones del corazón y el ajedrez, pinturas de un alma atormentada y su musa y un secuestro con buen acompañamiento culinario, ‘La Crónica Francesa’ abre el último telón de la redacción y de sus característicos miembros que, con todo el cariño por su profesión, dirigen una despedida a sus más fieles lectores, probablemente, con la misma potencia de flujo sanguíneo que el mismo Wes Anderson. Apasionado y fervoroso, vuelve a despegarme de las sábanas con armónicos ánimos. Como el melódico piar de un pajarillo mañanero.

Es, definitivamente, como empezar unas vacaciones.

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